Y allí estabas de pie silente perfectamente dulce como largas horas de verano, o flores de cactus o de lavándulas como un río detenido entre luciérnagas o trenes bajo un cielo de agosto Y entré en ti como en un largo túnel de misterio o de luces y estabas silenciosa y sonriente con ese extraño rictus girando por tu boca y eras una promesa de un día a la sombra de los álamos o bajo un puente y fui un ligero aire besando tu cabello una caricia un extraño silencioso y pálido en busca de tus manos y de tus caderas y atesoré entre mis dedos un perfume y dormí bajo las alas de un deseo
Y allí estabas de pie
Sonreías con la larga sonrisa de las nubes descargando aguaceros con la sutil caricia de una atardecida brisa de verano Fran Gris, Chile |
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Cajas Ángel Guinda
Lo diría una indígena y tendría razón. "Ustedes tienen la vida organizada en cajas. Nacen y les dejan en una cajita, su casa es una caja, y las habitaciones son cajas más pequeñas. Suben a la casa en una caja, bajan a la calle en una caja. Viajan en una caja. Duermen y hacen el amor sobre una caja. A través de una caja ven el mundo. Cambian de casa: lo meten todo en cajas. Y cuando mueren les introducen también en una caja. Los Bancos y las Cajas tienen caja, los establecimientos tienen y hacen caja." Todo está hecho para que encajemos. Nos encajan la vida. Algunos no encajamos, y nos desencajamos.
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Cada uno
Cada uno construye su casa como quiere. La pone sobre el aire, la siembra en la cintura de la luna o encima de las olas.
Cada uno la pinta de manera diferente, la baña con el cielo y el oro verdidulce de la tarde. La llena de jilgueros, de música y hortensias. Encima del verano la edifica. Le pone una ventana al horizonte, una terraza al mar y un pájaro de bronce en el tejado.
Cada uno la salva de la furia del invierno, le pone verjas altas, faroles importados de Neptuno, estufas de Chicago y espejos fabricados en Arabia. Cada uno la mide y la corrige. En forma vertical la va agrandando. Le pone un tiembre eléctrico y un número de plata.
La cuida del mendigo que la ensucia, del niño que le roba una gardenia, del pobre que la mira.
Cada uno acomoda su casa a su manera, presume y aparenta, construye su existencia tontamente con trapos, pergaminos y billetes, con vigas antisísmicas coñac y pararrayos.
Qué lástima pero ninguno construye a su medida su refugio con sólo la verdad de cada día y el sol bien compartido. Qué lástima que nadie se haga casas a prueba de mentiras, olvido y desamor.
Yo quiero hacer mi casa a mi manera sin puertas ni cortinas. La quiero dulce y tibia en medio del camino de tus brazos.
Violeta Luna, Ecuador 1943.
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