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Inicio Mis cuentos y mi poesía
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Alas |
Seleccionado Finalista y Publicado en el libro "32 maneras de escribir un viaje", Ed. Grafein, 2002.
En la vida de alguien, siempre hay un momento en que existe otro alguien. Un alguien que casi suple la existencia de aquél que le siente, que le ama, que sólo es feliz ante su presencia. Ella también tuvo un alguien una vez. Y supongo que ese alguien también la tuvo a ella. Sólo los vi unos minutos y ese tiempo me bastó para sentirles, para llenarme de su amor. Fue en una exhibición de vuelo de águilas y halcones, en un lugar hermoso, aún más hermoso con ellos allí. Hablaban bajito, casi susurraban, como queriendo evitar que alguien pudiera oírles. Como si no quisieran que nadie les viera tampoco, mantenían las manos unidas, ocultas entre sus cuerpos muy juntos, sentados en una de las gradas desde donde disfrutaban de la exhibición. No se cogían las manos como suelen hacer los novios, uniendo dos momentos, el de él y el de ella, porque al parecer, no lo eran. Sus manos no estaban quietas, tranquilas, una mano no calmaba el ansia de la otra. No, aquellas dos manos, la izquierda de él, grande, de dedos largos de uñas cortas, de piel morena, fina, fuerte; y la derecha de ella, infinitamente menor pero también grande para una mujer pequeña, de dedos largos de uñas pintadas de rojo vino, de piel suave, y también fuerte. Mientras un halcón daba vueltas sobre sus cabezas alzadas mirando al cielo de aquella tarde europea, aquellas dos manos hacían el amor. Dedos entre dedos, palma sobre palma, uñas acariciando, rascando la piel. Aquel hombre y aquella mujer se amaban tan fuertemente en ese instante, que sus manos temblaban ante el roce de sus pieles entre tanto apasionado movimiento. Lo mismo ocurría con sus miradas. Los ojos de él buscaban los de ella en cada cese, en cada descuido, en cada instante de soledad buscada y nunca conseguida. Sus cuerpos pegados el uno al otro sobre un asiento de piedra, lado a lado, ropa con ropa, la piel de gallina al ver un águila volar hasta el potente brazo del monitor de vuelo, o domador, o como quiera que se llame el que enseña a las aves, a volar en círculo. Los labios de ella, pequeños, redondeados, pintados de fucsia, una boca de beso que dibujaba una sonrisa eterna. Parecía que, pensara lo que pensara su mente, hablara de lo que hablara su lengua, hiciera lo que hiciera su ser, la sonrisa existía por sí sola, haciéndose dueña de su rostro durante aquel amor fascinante. La boca de él, de labios finos, parecía esperar siempre un beso, su beso. Tras ellos se extendía un paisaje de algún lugar de Europa. Un campo verde y lejano, un río grande de agua gris aún más lejano, un cielo azul de nubes blancas con aves que lo sobrevolaban; y vacío, el temido vacío de una pronta separación. Apenas quedaban doce horas para decir adiós. Una noche. Una sola noche que además no compartirían sino a través de sus sueños, y después, la nada, la puñalada, la sentencia, la falta fatal del otro. La ausencia a bocajarro de aquella repentina felicidad. Porque al parecer, hay amores en los que todo es repentino, y apenas eso, en tan poco tiempo, se puede aprender a soportar. El le había hablado a ella de sus sueños muchas veces. Las veces en las que jugaban a planear un futuro, las veces que soñaban con una nueva vida, las veces en que la palabra siempre, aparecía en su conversación, en todos los idiomas. El le había dicho que nunca su corazón había sentido tanto ni tan fuerte hacia ninguna otra mujer, que nunca había echado tanto de menos a alguien teniéndola aún tan cerca, que nunca nada como con ella, que la quería, que estaba enamorado, que un amor así sólo se tiene una vez en la vida y en algunas vidas, no se tiene nunca. El se había dicho a sí mismo y a ella, que tenía suerte de haberla encontrado, que agradecía a Dios su mera existencia, porque ella era un regalo. Ella también le había hablado algunas veces. Le había dicho casi las mismas cosas y si no, las había sentido que casi era lo mismo. Pero ella había hecho algo más con las palabras de él, las había creído. Las había tomado, mimado, cuidado, y sin apenas darse cuenta las había hecho completamente suyas, sin advertir que las palabras no son propiedad de nadie y que, como aquellas aves, vuelan y vuelan en redondo hasta que un día, sin que nadie sepa por qué, se escapan y ya nunca vuelven a regresar. Aquella tarde, él le tradujo una historia que el monitor del vuelo de las aves había contado. Era la historia de un buitre. Un buitre que se mantenía erguido sobre su palo y que miraba al vacío sin descansar. Había nacido en cautividad. Había crecido en una jaula. Nadie le había enseñado a vivir, tampoco a sobrevivir. Nadie le había enseñado a ser buitre ni a hacer nada de lo que hacen los buitres, como por ejemplo, volar. ¡Qué ironía, que nadie se hubiera ocupado de enseñar a volar a un buitre!, se preguntó ella. Porque ocurre que cuando los seres nacen atados, encerrados, sea de la materia que sean sus barrotes, hierro o temor, sería justo que hubiera alguien que les enseñara a volar. Quizá sólo por ese quizá. Quizá por un por si acaso. Quizá por un...algún día. Una vez liberado al llegar a su madurez, una vez trasladado a aquel lugar donde la libertad se le entregaba de repente, como un juguete sin libro de instrucciones, el buitre no supo jugar. Y decidió esperar a que llegaran mejores tiempos, como antes, como cuando aún vivía enjaulado lo hizo porque se dio cuenta de algo muy importante, que tan sólo había cambiado la materia de la que estaban hechos sus barrotes, pero que continuaba enjaulado, y se dijo...¿Cómo saltar al vacío cuando nadie lo rellena? ¿Cómo volar cuando las alas se cierran y se paralizan ante el miedo? ¿Cómo moverse siquiera ante la magna idea del incierto futuro, cuya ignorancia nunca nos protege?... El, acabó de traducir la historia y como el buitre, hubiera deseado tener ante sí, en lugar de vacío, una escalera por la que bajar con la seguridad de un rellano a cada pocos escalones, con su barandilla por si había un tropiezo, con su poco a poco, con su largura, con su final tardío, con su paciente espera, y con la sencilla alegría de un ...será...mal dicho y en un imperfecto futuro sin declinar. Ella, acabó de escuchar la historia y como el buitre, se sintió temerosa y temblando, también hubiera deseado una plácida escalera e incluso un ascensor. Pero sólo vio vacío ante sus ojos. Ella, le miró a él e intentó asumirlo. Aún no estaba todo perdido, pensó. Las escaleras no se construían solas, sin duda, alguien las había hecho. Los amantes se fueron al empezar la noche. El buitre continuó allí, con sus patas agarradas al tronco de su palo. Aquél no había sido el día, quizá mañana, quizá pasado. O quizá un día ya no existiría un quizá. Mejor, pensó, más cómodo si cabe, así nunca tendría que intentar el vuelo. Al día siguiente, en el aeropuerto, ella debía coger un avión. Dos mil kilómetros de tierra de este planeta les separarían. Dos mil kilómetros de cielo tendría que recorrer a la fuerza para lograr una ausencia no deseada. El la abrazó, la miró, le dijo. Ella también ...Tengo el corazón aplastado...exclamó una sola voz y dos amantes. Lágrimas mal retenidas, suspiros incontrolados, sonrisas preparadas con demasiada atención como para parecer verdaderas, gafas de sol que ocultaban las miradas que se buscaban en un para siempre, y dolor. Un tremendo y absurdo dolor. Ella se quedó allí, viéndole caminar de espaldas y en dirección contraria. El se dio la vuelta, viéndola avanzar hacia dentro. El hacia fuera. Ella pequeña, lejana. El borroso, apenas un punto en la lejanía que, con una mano alzada le decía adiós. Ella, un sueño. El, un recuerdo. Y después, la crueldad. Porque es una crueldad que la vida separe a los amantes. Porque es una crueldad que el mundo aleje a las personas y que las circunstancias de un pasado por separado, no permitan que el futuro sea conjunto. Porque es cruel que uno desee luchar y el otro sólamente sueñe. Porque como el buitre, los seres humanos temen, sienten, y sufren. Y pueden elegir arriesgar o continuar sufriendo en el viaje de sus vidas. Y pueden perder o pueden ganar. Y pueden construir escaleras o pueden esperar a que el destino las construya, sin saber que Dios, sólo agrega los materiales. Sí, es muy duro ser albañil cuando nunca se ha construido nada. Puede que sea menos duro, no volar.
Antes de despedirse, él le preguntó a ella si creía que el buitre se atrevería a alzar un día el vuelo. Ella respondió que sabía que al menos lo intentaría. Después, bajó un primer escalón que construyó desde la ausencia, desde la cruda sorpresa de una vida echada abajo; desde la amargura de un partir de cero, desde un vacío mayor que el de aquel buitre; desde la nada; desde el no amor con el amor de él; con el amor de ella; con la pasión de alguien que sin armas, decide luchar por encima de todo y de todos, con la dulzura de la confianza inocente, con la ingenuidad de creerse amada y el empeño en ser feliz. El, se agarró al tronco de su palo con la fuerza invencible del miedo, la pereza, y el conformismo. El no voló. El mintió, a ella y a su propio corazón. El vivió. Ella se sintió muerta. Y yo, el buitre, he llegado esta mañana con mis alas hasta el aeropuerto, porque quiero que me enseñen a volar los aviones. He visto despegar uno, rumbo a la nada. Y es que el amor, sólo a unos pocos seres nos da alas, y a muchos menos les dice, como utilizarlas.
Mar Cantero Sánchez |
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El Matarratas |
Finalista en el Certamen de Jóvenes Creadores del Ayuntamiento de Madrid 1997.
A través de la ventana puedo ver el reguero de agua que corre tranquilo por las calles de este viejo pueblo, arrastrando las impurezas de los años vividos. El cuchicheo de la lluvia se confunde con los rezos susurrantes que imploran la salvación del alma. El tañido fúnebre de las campanas parece llorar el abandono de sus calles solitarias, de sus casas medio derruidas, de la austeridad de sus gentes... En una habitación de esta casa que albergó mi niñez, mi madre yace sobre la frialdad de su lecho; sobre el cabecero acolchado, reposa un crucificado de madera oscura que ha velado su cuerpo hasta la fugaz huida de su espíritu. No ha sido el tiempo quien ha dibujado esos surcos crueles alrededor de su boca, las arrugas acechaban ya su rostro la primera vez que la miré como ahora, sin prisas, sin intención...Estoy de pie, frente a ella, entre los gruesos muros de su morada, la miro y busco entre mis recuerdos alguna razón para lamentar su muerte. Cierro los ojos y la veo activa, con la llama de la vida ardiendo aún en su corazón. Delgada, con un traje gris y un delantal blanco anudado a la cintura; su cabello negro sujeto en un gran moño, su rostro habitual lleno de amargura, los labios apretados y sus ojos secos, pero tristes. Con las manos llenas de jabón se recogía algunos mechones sueltos detrás de las orejas, y fregaba los platos, trabajaba. Su vida transcurría entre escobas y trapos de polvo, y así era ella, sucia y desastrada, sin un gramo de maquillaje sobre la cara porque habría sido inútil intentar endulzar la rigidez de su temperamento. Nunca supe su edad, pero debía ser muy joven entonces, aunque su mirada reflejaba tantos desengaños y tan pocas aventuras que aparentaba una vejez adelantada. Hacía mucho tiempo que había dejado de ser aquella mocita tierna, de tez rosada, que bailaba pasodobles en la plaza del pueblo durante las fiestas de verano. Yo la conocí cuando era una mujer de esas que se levantan con el canto del gallo y se acuestan al ponerse el sol... (relato incompleto)
Mar Cantero Sánchez |
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De negro y toquilla |
2º Premio de Prosa del Corpus Christi de Camuñas 1997 (Toledo)
Había nacido en Madrí, (me ahorro la última consonante porque soy muy madrileña) una ciudad que amaba desde niña. Era mi casa...Pero en mi adolescencia, la amé aún más, tras advertir las diferencias sociales y lingüísticas existentes entre las provincias españolas y mi ciudad, capital del mundo. Mi pubertad se desarrolló entre jergas, usos y costumbres; modas y actitudes; latiguillos y coletillas; en fin, argot de palabra y obra. Elegí el color de mi fachada a muy temprana edad, gracias a mi terquedad y a la condescendencia de mis padres provincianos. Primero me recubrí con los resquicios de la piel desgarbada e inocente de los setenta; cabello suelto y libre como mi espíritu; Levi's Strauss ocultando mis piernas; Lacoste absorbiendo el sudor corporal; Loden colegial para amainar el frío castizo; Castellanos, en sus diferentes tipos, en mis pies, zapatitos de transición (transición política y personal); un repetido ademán para retirar el pelo lacio de mis ojos pintados de raya; palabras escapadas de mi boca con una visión del mundo muy particular (amigo en lugar de novio formal, niño, pijo, ¡Guas!, etc...); música romántica con letra que sentaba cátedra; y una elevada carencia de feminidad. Después, la explosión de los ochenta que llegó a Madrí, en el ochenta y dos. Brutal corte de pelo que apuntaba hacia arriba con osadía, salpicado de verde y roja fosforescencia, fijado con zumo de limón; minifalda (no demasiado mini) sugiriendo las piernas; blusas alegres y alegóricas acortando el talle; guardapolvos barrecalles de hombros colosales; los mil y un zapatos en los pies, con tacón de aguja o de imitación taurina, cualquiera con tal que hubiera color y variedad; maquillaje sobrado (incluida la purpurina en las mejillas y en las cejas); nuevo diccionario (tío, pive, macho, novio aunque sin formalidad, etc...); música anglosajona y movida madrileña; horario libre de llegada al hogar; y una gran obsesión por encima de todo, la originalidad.
Años más tarde, finalizando los ochenta (que eran nuestros) nuevo cambio, recambio. Brillos metálicos y baratijas chispeantes adornando el mundo. Maquillaje para hombres y mujeres; faldas largas para hombres y mujeres; espuma rodeando las piernas bajo las minifaldas; peso de collares sobre el cuello; sin formas, sin diferencias; asexualidad, bisexualidad, ambigüedad. En los noventa, recobré las plataformas en los pies; las faldas supermini; los jerseys maxicortos; las campanas en los pantalones; cabello suelto, liso, pero abombado; bakalao (tum, tum, tum...); ausencia de diccionario; vuelta al pasado... En el nuevo siglo, me retiré de la moda, de los usos y de las costumbres. Comencé a vestir a mi antojo, a hablar como siempre lo había hecho en mi interior, y descansé. Ahora veo a la juventud a mi alrededor, y veo los mismos rostros, las mismas preocupaciones, las mismas vidas. Son jóvenes que visten de plateado; jóvenes que bailan al son de las melodías de la nueva era; madrileños con metas y objetivos, con estudios o empleos; pero tras esas aspiraciones, mientras las esperan o las cumplen, se adaptan a la moda que les programa para aparentar la fachada que imponen unos pocos que por cierto, no hacen uso personal de sus creaciones. Ahora vivo en una provincia, Madrí ya no me mata, me doy cuenta de que esta, mi nueva ciudad, y todas las demás, son pequeños madriles cuyo fin, es vestir de negro y toquilla, y tener el cabello blanco. La moda es fugaz y efímera, la vida, también.
Mar Cantero Sánchez
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La siesta |
Para leer el cuento "La siesta" publicado en la revista Adamar, pincha abajo:http://www.margencero.com/aniv5/m_cantero.htm |
Un alucinante regreso |
Publicado en la revista literaria Club CCC, número 415, 1993
Volvía a casa tras una fatigada noche de diversión continua, junto a los que sin ser más que simples conocidos, se les llama amigos a veces, sin pensar en el verdadero significado de esa hermosa pero irreal palabra, que suena tan bien y tanto le gusta a la gente pronunciar. Me encontraba en el interior del único ser, no sé si vivo, que nunca me abandona ni me da la espalda, mi fiel compañero, mi coche. El, la fría y oscura carretera, y yo, éramos los únicos seres despiertos aquella tranquila noche sin estrellas que alcanzaba ya casi el amanecer. Durante el corto trayecto que hay desde el centro de reunión hasta mi casa, me dio tiempo a pensar y meditar sobre muchas cosas, y a dar mis esperanzadas opiniones que casi nadie suele tomar en cuenta. Poco a poco mis pensamientos se iban tornando negativos y a medida que pasaban los minutos, iba aumentando mi deseo de encontrar algo que entretuviera mi mente, que en aquel momento estaba bastante pesimista. No sé si fue mi deseo de tener entre mis manos aquella cosa original y diferente que buscaba, o si fue mera casualidad, pero al llegar juntoa a la puerta de mi casa, descubrí que sobre el cielo negro se posaba mi esperanza. Me sentí en ese instante, como un niño que desea ser el bello príncipe del cuento y tener por esclavo a un enorme genio que me concediera mis más añorados anhelos. Descubrí entonces la sensación que me envolvía por entero. Lo primero y más rápido fue el temor hacia aquello que estaban viendo mis humildes ojos, el maldito miedo que siempre impide realizar las cosas que el humano piensa, por supuesto después de lo ocurrido, que debió hacer...Ese agobiante temor que te hace hablar de diferente forma que los demás, que te hace dar opiniones distintas y te obliga a hacer cosas sencillas que a los demás aburren, y para ti, son casi tan bonitas y divertidas como para el valiente, la noche. Pero a los pocos segundos, aunque para mí fue como una hora de nerviosismo, el miedo pasó dejando sitio al asombro, la sorpresa, la curiosidad e incluso el deseo de fraternizar con aquellos seres que sin razón alguna el humano creyente siempre piensa que vienen en son de paz. Mi siguiente reacción fue salir del interior de mi compañero, mi coche, y hacer lo que él nunca haría conmigo, abandonarle con la intención de mirar al cielo, así de simple y de complicado, observar lo que aquella noche imponía con osadía y presunción en lugar de las estrellas. El aparato inmóvil que eclipsaba a la luna, lo más bello del nocturno firmamento y lo más querido y ansiado por el hombre. ¡Pero qué grande es el corazón humano que es capaz de pensar con cariño de un aparato que viene a entorpecer el curso de la vida del que tiene la suerte de verlo, y el sueño de los demás seres sobre la tierra! ¡Y qué vanidoso es también el corazón humano que además de creerse el único ser dotado de ojos para verlo, cree ser también el motivo de la venida de la enorme y cegadora luz roja que, colgada no sabía cómo, usurpaba el gran techo que cobija a nuestro muy querido planeta azul. Lo que más asombro procude en un momento así es su gran tamaño, su brillante luz y su confuso silencio. El aparato permanecía quieto como una estrella más, con un aura roja a su alrededor. No se me ocurrió hasta después, volver a entrar en el coche y accionar las tímidas luces para hacer señales a los nuevos seres, estilo película de Hollywood, pero quizá si lo hubiese hecho y por suerte o por desgracia la luz roja me hubiera contestado, creo que el miedo se habría apoderado de mí de nuevo, evitando que aquellos quince minutos estuviesen llenos de maravillosas sensaciones, gracias a las cuales, guardo un bello y excitante recuerdo. Tampoco pasó por mi imaginación la idea de entrar en casa y hacerme con la cámara fotográfica para poder plasmar en un papel, la dulce y sorprendente visión que tenía ante mis ojos, para poder alardear después... Sin yo pensarlo, el enorme aparato decidió que era hora de marcharse y como un vampiro, huyó de la cegadora luz del sol, el gran protector, que ya asomaba. Titubeante entré en el coche y gracias a Dios aquel día mi viejo amigo, arrancó a la primera como nunca lo había hecho. A toda prisa seguí a los seres que pilotaban el aparato indescriptible y me dirigí tras ellos hacia una colina. Su rapidez era mil veces la mía, así que les perdí de vista con la esperanza de que al alcanzar la cima, mi coche y yo, volveríamos a ser testigos de la aparición. Pero cual fue mi amarga sorpresa al descubrir solamente al sol que se atrevía a salir iluminando el cielo poco a poco. Me sentí decepcionado, casi humillado y triste por la marcha de los que ya creía amigos. Desde entonces vivo con la eterna esperanza de volver a ser elegido para verles o incluso para hablarles si ellos así lo quisieran, pues ya me creo digno de su confianza y amistad. Amigos o enemigos, salvadores o no, sigo esperándoles. Espero que esta adorada Tierra, tenga de nuevo, ya sea conmigo o con otros afortunados, la oportunidad de tener unos amigos tan sabios y maravillosos...como los que encontré aquella oscura noche sin estrellas.
Mar Cantero Sánchez |
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Los civilizados 90 |
Publicado en la revista literaria "Club CCC", número 417, 1994
En estos, al fin, civilizados noventa, no podía entender como la sociedad podía estar cargada de obscenos prejuicios comparables a los que hace un siglo, oucpaban la mayoría de los temas de las conversaciones callejeras y pueblerinas, e incluso analfabetas que fluían de viperinas lenguas. No comprendía cómo todavía una persona adulta, sin condición de sexo o raza, no podía elegir parte de su futuro, digamos sentimental, sin que los demás entorpecieran su camino con comentarios dañinos y difamatorios. Muchas veces he oído la serie ininterrumpida de barbaridades que los que son como yo, sufrían en tiempos antiguos o en la segunda guerra mundial sin ir más lejos. Ocupábamos un tercer puesto en la lista de condenados a muerte y torturas. Un tercer puesto que quizá gracias a la enorme cantidad de personas que ocupaban los primeros lugares, no acabaron con la mayoría de nosotros. Es macabro y monstruoso pertenecer a la lista de odiados del último gran asesino, Adolf Hitler, que con sus terribles manías eclipsó a todos y acada uno de los peores criminales que haya habido a lo largo de la historia. Pues bien, si mis compañeros de los años treinta eran víctimas menores de aquella bestia, ahora en los noventa y de una manera menos notable, nosotros somos las víctimas de la sociedad que tan perfecta se cree y no acepta las llamadas deformaciones mentales, que nos pertenecen por derecho de elección, a cada uno de los seres que habitamos el mundo. Para que la sociedad te acepte, se nos está permitido pensar incluso opinar, pero no comportarnos como somos. La llamada gente normal, o da opción a que personas como yo, amemos decentemente en público como hacen ellos. Ni siquiera da opción a que nuestra imagen sea la que deseamos tener. Esta sociedad está educada con la típica y sencilla frase "Los hombres no lloran" que se dice a los niños cuando empiezan a crecer, pero el problema realmente está cuando uno de esos niños receptivos contesta "¿Y por qué no?". La sensibilidad masculina, tabú. Un hombre debe ser duro como John Wayne y frío como Humpfrey Bogart, porque en el mundo como en el cine, el hombre no puede rebajarse a ser en ningún caso como la mujer. Las mujeres, algunas por supuesto, también pertenecientes a la larga lista de discriminados, pero que cuando se trata de criticar, no se acuerdan de su padecimiento y su lengua se suelta del mismo modo. Pero mi caso es que ahora me encuentro en la difícil decisión de elegir si prefiero ser un homosexual mudo sin amar, nada más que en la oscuridad, siendo respetado por los demás hombres que a fin de cuentas son los que mandan, o ser un pintoresco y variopinto mariposón, expuesto a comentarios hostiles y crueles insultos. Mis compañeros están en la misma encrucijada y del mismo modo, mi amante intenta elegir el futuro que desea. Mientras eres joven crees que siempre podrás defender tus pensamientos, pero cuando el cuerpo se va ajando y la mente va siendo cada vez más sabia, comprendes que necesitas trabajar para vivir en este mundo y codearte con toda clase de personas. El maldito dinero sigue siendo, incluso en un tema como este, lo más importante. Si lo tuviera podría irme a una isla desierta y exponer allí mis convicciones... Después de todo mañana volveré a mi lugar de trabajo y soportaré las miradas y comentarios de mis compañeros. Iré a la compra por la tarde acompañado de mi quisquilloso perrito de lanas, descubriendo tras de mí las inocentes pero crueles risitas de los niños que pararán su juego para mirar de reojo mis viejos contoneos. De noche volverá mi amante para estar conmigo, a escondidas por supuesto, para que no haya problemas. Mi pobre amante que nunca conseguiré que su nombre figure junto al mío en un trozo de papel que serviría para unirnos ante la sociedad y ante Dios. ¿Pueden apartarme hasta de la religión en la que he sido educado, mis ademanes femeninos o mis opiniones sobre el sexo? Quizá no exista un Dios para los de la acera de en frente...
Mar Cantero Sánchez |
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