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La Escritura, un medio para alcanzar la felicidad |
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Artículo revista Esfinge |
La Escritura del Bienestar, reaprendiendo a escribir
Puedes leerlo en: http://www.revistaesfinge.com/?p=136 Para leer este artículo: http://www.astrolabio.net/revistas/articulos/EElAyEZkupxQxNdFbA.php |
Artículo revista Astrolabio |
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Cómo nos afectan nuestras palabras |
Publicado en la revista Gotitas de Bienestar, Buenos Aires 2007
De la misma manera que creemos en las palabras de otros, creemos también en las nuestras, por eso cuidar lo que decimos es también cuidar de nosotros mismos. Las opiniones, las críticas y los juicios que hacemos de los demás, hablan muy poco de ellos pero lo dicen todo sobre nosotros. Al principio es un pensamiento que resulta de compararnos e imaginarnos en la misma situación, pero al traducirlo en palabras no solemos hacerlo a través de la comprensión y olvidamos que cada persona es diferente. Al hablar nos implicamos, damos una imagen que en ocasiones no es auténtica sino fruto de nuestras creencias y que cuando lo es, sería mejor preservar para lo que realmente nos concierne. Cuidar de cómo decimos las cosas es igual de importante. Las palabras provocan una emoción o sensación: amor, ánimo, consuelo, odio, ira, miedo...La forma de expresarnos puede cambiar esa emoción en quien escucha, pero también en quien habla. Todo lo que escuchamos nos afecta, mucho más si es nuestra propia voz quien lo dice. Recordemos que el lenguaje nos hace humanos, sin embargo, a veces permitimos que nos deshumanice. Depende de si hablamos con una carga emocional negativa o positiva, ensuciamos o limpiamos nuestro pensamiento, lo cual influye en la actitud, la conducta, y en la imagen que damos a los demás y a nosotros mismos. Ser coherentes con lo que decimos, usar nuestras propias palabras, sin utilizar expresiones ajenas ni frases hechas, evitar verbos que denoten obligación o exigencia como: tener que o deber, nos ayuda a mantener nuestra autenticidad. Si nos esforzamos un poco en hablar desde la empatía, evitando juzgar e intentando ser objetivos, experimentamos una transformación que cambia nuestro mundo y la percepción que tenemos de él.
Mar Cantero Sánchez |
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Los objetivos de la vida |
http://www.astrolabio.net/revistas/articulos/EkEEApllppqaDAgKfC.php |
La novela no muere |
Publicado en la revista Escribir y Publicar, Nº 24, 2001
En estos tiempos de "cagaprisas", se discute en algunos círculos preocupados y ocupados en las letras, la posible llegada a su fin de la novela. En aras de la recuperación del cuento, la crítica y el mercado se obstinan en asesinar al género, pese al presunto lector que aún se siente atraído por este género de naturaleza mutante. La novela está forjada por el fuego del entusiasmo, las quemaduras del dolor y de la espera, y el infierno laberíntico de un ser humano imperfecto. Por lo tanto, la novela no morirá mientras existan aquellos que necesitan escribirla. Puede adaptarse, crecer y evolucionar en la mente de los que la paren con pasión. La novela vive en el corazón de los osados que sisan tiempo a la vida y leen sus páginas para descubrir el secreto mejor guardado del hombre: su interior. La novela, género literario extenso que la modernidad intenta matar, en un duelo apadrinado por la televisión y la informática, vivirá mientras exista alguien con ganas de pensar, hablar, contar, soñar. Porque se teje con el hilo de los sueños y se borda en el bastidor de una soledad que suplica la compañía del mundo en que vive. Se desarrolla en una mente, desarrollada a su vez, gracias a las agujas de la madurez de cada día que pasa. Este género menospreciado por "los sin tiempo", perdurará mientras exista un valiente que la escriba y un héroe que la lea.
Mar Cantero Sánchez
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Las manos blancas de Burundi |
Publicado en la revista Club CCC, número 423, Año 1995
Es difícil aceptar la realidad, más aún cuando nos encontramos con ella frente a frente, a través de un medio de comunicación como la televisión. Es entonces cuando nos damos cuenta de las penalidades y las desgracias que asaltan, a la mayor parte de la población africana. Hay una gran variedad de sucesos que acechan al pueblo negro, pero uno de los grupos que mayor expectación provoca en estos momentos son los niños de Burundi. Pieles morenas, brillantes, les adornan aunque no les protegen de la lluvia, el frío o el incesante calor. Sus ojos profundos miran hacia la cámara que les observa. Ellos piden, suplican la ayuda de una mano blanca. En sus mentes está el miedo a que los males de su país vecino, Ruanda, invadan su tierra y sus gentes. En sus corazones solo hay cabida para el dolor y quizá también para una tímida esperanza de que ocurra un milagro. Un milagro que les revele adónde deben huir. Uno de aquellos niños semidesnudos, acaparó mi atención especial provocando el derramamiento de mis lágrimas y la decepción en mi alma. Bajo una colcha que cubría su cabeza, soportaba el agua del monzón que llovía sobre mojado, sobre un cuerpo mojado. Asomaba su rostro rodeado por la colcha y su dentadura sobresaliente emitía un sonido semejante al que producen unas castañuelas mal tocadas. Sus dientes blancos castañeteaban y de sus ojos brotaban lágrimas espesas como la amargura. ¿Qué debió sentir la cámara que se encontraba a unos pasos de él si mis ojos lejanos, apenas pudieron aguantar su desesperación? Pero no sería justo que hablase del lado triste de Burundi sin mencionar el lado alegre y bueno de las personas. Son españoles que comparten las desgracias y el temor, junto a essos niños y sus familias. Ayudan en los campos de refugiados, en los pueblos, en los caminos, y cada día recorren kilómetros a pie para entregar su vida por salvar la de uno de sus hermanos negros. Casi todos sus compañeros han huido de la miseria, gracias al programa de evacuación de misioneros que el Vaticano ha dispuesto para ellos. Pero estos hombres y mujeres no quieren marcharse. Para ellos sería muy doloroso regresar a España y abandonar a sus seres queridos de Burundi, seres que ya son parte de su familia. Son sacerdotes y monjas que hacen de médicos, ayudando a nacer a una nueva generación de desgraciados y que ayudan también a cicatrizar las heridas del alma; Iglesias blancas que cobijan a los que escapan del odio. Todos ellos están solos y con la única ayuda de Dios, esperan a que llegue la hora de morir o lo que es peor, de vivir las torturas y los sufrimientos que atacarán sin duda a sus hermanos. Lo más sorprendente para el espectador es su alegría. Su valor ante el miedo, su bondad ante la crueldad, sus buenas palabras ante la intolerancia... Por eso quizá cuando me enfrenté a la verdad de Burundi, me sentí culpable de haberme quejado del frío que aquel mismo día, había regresado a Madrid. Recordé una frase escrita en un mural de una Iglesia y me sentí culpable de mi inútil monotonía. La frase revela el valor de los misioneros y la razón de su comportamiento.
"Nunca hubo nadie que hiciera menos que aquél que no hizo nada porque pensó que solo podía hacer un poco".
Mar Cantero Sánchez |
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