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Volcarse en el presente |
Revista Mente Sana número 8, Diciembre. “Dar lo mejor de ti mismo”.
Volcarse en el presente.
En su primera experiencia laboral, Eva aprendió que, al valorar y prestar toda su atención a su tarea, obtenía grandes recompensas.
Sentía que mi vida era como una película, en la que yo misma me veía desde fuera. No tenía ningún control sobre la misma. Desde siempre, había querido ser profesora. Consideraba la enseñanza como una oportunidad para ayudar a los demás, sin embargo me angustiaba la lucha infructuosa por conseguir un trabajo. Tras mucho buscar me propusieron hacer una suplencia en un centro privado y acepté con el pesar de que era solo algo temporal. Empecé a impartir mis clases con la actitud de quien sabe que se marchará pronto, lidiando con el aburrimiento de los alumnos, ya de por sí poco dispuestos. Ellos tenían su propia opinión de mi asignatura y no les suscitaba entusiasmo precisamente. No sabían lo que mis clases podían significar para su futuro, pero…¿lo sabía yo? Recuerdo aquellos días como tediosos e interminables. Sufría insomnio porque me acostaba temiendo que llegara el día siguiente y cuando sonaba el despertador, no tenía fuerzas para levantarme. La directiva me llamó la atención por mi clara actitud de desinterés y la de mis alumnos. El saltarse mis clases empezaba a ser una costumbre. Esto afectó también a mi vida personal. Esto afectó también a mi vida personal. Dejé de salir con amigos por estar demasiado cansada y además notaba que les aburría con mis quejas.
Culpaba a mis alumnos porque no ponían nada de su parte. Lo comenté con mis compañeros, pero ellos no compartían mi opinión. Entonces pensé que me veían sólo como a una suplente y me sentí muy sola y angustiada. Sin embargo, uno de los profesores pareció entender mi súplica y me leyó un párrafo de un libro que había sacado de la biblioteca… “Cuando a los cuáqueros se les pregunta cómo han logrado que su particular manera de vivir, sea respetada y aceptada, en una sociedad como la actual, ellos responden diciendo…todo comienza por mí…” Los cuáqueros _ explicó_ se ganan el respeto de los demás y de los miembros de su comunidad, dando lo mejor de sí mismos en cada cosa que hacen, sobre todo en lo referente al trabajo. Al principio me sentí molesta con mi compañero, pero después me pregunté si yo estaba mostrando respeto con mi actitud ajena y desinteresada. Y empecé a hacerme un montón de preguntas: ¿Por qué daba mis clases sin ninguna motivación?, ¿Por qué los niños reaccionaban de forma tan difícil? Me pregunté sobre todo lo que en mi vida estaba cayendo por su propio peso y advertí que cada pregunta que me hacía, era la consecuencia inmediata de la anterior, lo que formaba una cadena que me llevaba a una única respuesta. Como decían los cuáqueros, todo había comenzado por mí, por mi actitud de dejadez en clase, por mi disconformidad en un trabajo que sabía que no era mío.
Este pensamiento me sirvió para asumir mi parte de responsabilidad. Entonces decidí observar primero para comprender después. Empecé viendo mi comportamiento en clase y lo que descubrí, no me gustó en absoluto. Encontré a una profesora abúlica que no era consciente de lo importante de su trabajo, porque dejaba escapar el tiempo, esperando un momento ideal que no sabía cuándo llegaría. Entonces recordé por qué había decidido ser docente y, por primera vez, vi la gran oportunidad que estaba dejando escapar: la de descubrir a un grupo de muchachos la asignatura que tanto amaba. Pero con mi actitud pasiva, que había conseguido que ni yo ni ellos la valoraran. Me propuse aprender a enseñar con los cinco sentidos, con plena atención al momento presente. Cada día intentaba trabajar con mi nueva actitud, estando pendiente de lo que hacía en cada momento, empleándome con intensidad. Al acabar la primera semana, los niños seguían comportándose de la misma forma, pero yo empezaba a sentirme un poco mejor. En la siguiente, aún no era capaz de advertir los cambios sutiles que se producían a mi alrededor, pero el saber que todo comenzaba por mí, me hacía esforzarme en dar lo mejor de mí misma, sin importarme si los objetivos eran los esperados. A fin de mes, había conseguido disfrutar de mi trabajo y me sentía cada día más satisfecha, aunque no me daba cuenta de que, con mi cambio, todo había empezado a cambiar también de forma espontánea. Mis compañeros fueron los primeros en mostrarse diferentes: más abiertos y participativos conmigo, con ganas de compartir las vivencias del trabajo con los chicos. Después, mis amigos me preguntaron qué había ocurrido para que mis conversaciones fuesen ahora tan positivas. Supuse que el notar un verdadero cambio de actitud en mis alumnos, era sólo cuestión de tiempo. Así fue, al acabar la suplencia, había logrado que la mayoría de ellos me prestaran atención por propio interés, e incluso los más conflictivos se mantenían callados y quietos en clase. Me fui del centro con la satisfacción de haber puesto todo de mi parte. Ahora, sólo quedaba esperar. Y efectivamente, al año siguiente la dirección me llamó para que ocupara un puesto fijo de profesora.
Cuando pienso en lo que habría perdido si no hubiese decidido dar lo mejor de mí misma…¿Cuánto tiempo había vivido sin disfrutar, menospreciando el presente porque siempre esperaba a que llegara un momento idealizado? Y ¿quién sabe cuál es ese momento? En mi caso, dar lo mejor de mí, fue lo que provocó que lograse mis objetivos. Además aprendí algo que no he olvidado y que me ha servido para el resto de mi vida. Al dar lo mejor de mí misma, consigo que los demás también me den lo mejor, y disfruto al máximo de lo que hago en cada momento. Ahora veo mi vida desde dentro, como una película en la que yo soy la verdadera protagonista.
Mar Cantero Sánchez |
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Lecciones de optimismo |
Revista Mente Sana número 10. Febrero. “El poder del optimismo”.
Optimismo para vivir
Cuando el marido de Laura la dejó para casarse con otra mujer, su mundo se vino abajo. Se sentía frustrada por todo el amor que había puesto en su matrimonio, que ahora acababa con una hija de siete años que crecería con unos padres separados. Le asustaba pensar en el cambio que se iba a producir en su vida después de la separación. Se sentía desorientada. Por más que intentaba hallar una luz en su universo, Laura sólo era capaz de ver oscuridad. A pesar de no tener problemas económicos y de mantenerse todo el día ocupada entre el trabajo y la niña, sentía rabia e ira, y eso le provocaba angustia. Estaba dolida y creía que nunca podría perdonar la traición. El recuerdo de los momentos felices juntos era una tortura que le hacía llorar muchas veces, aunque se esforzaba en retener las lágrimas. Se preocupaba mucho por su hija. Pensaba que si ella echaba de menos al hombre con quien había compartido más de diez años, la niña no aceptaría bien la separación. Creyó de antemano que se convertiría en una niña llorona, irritable y triste. No se daba cuenta de que proyectaba sobre ella sus emociones, su resentimiento, su soledad y su miedo a comenzar una nueva vida.
Sin embargo, la pequeña no mostraba ninguno de estos síntomas. Más bien al contrario. Lloró los primeros días al enterarse de que su padre ya no viviría con ellas, pero después volvió a ser una niña tranquila, juguetona y despierta, y con mucho interés por aprender cosas nuevas. Laura pensó que quizá los niños son más capaces que los adultos de superar los malos momentos. Una tarde recibió una llamada del colegio. Laura acudió a la cita con la certeza de que el comportamiento de la niña habría experimentado un cambio negativo y la habían llamado para informarle. Pero la tutora le habló de su preocupación por que la mejor amiga de su hija se iba a otra ciudad. Temía que la niña pudiera sufrir por esto, ya que era otro golpe duro además de la separación de sus padres. Laura estuvo muy pendiente de su hija cuando volvió a casa, estaba convencida de que la encontraría llorando desconsolada. Pero la niña estaba de buen humor, jugando tranquila. Más preocupada aún al no notar ningún cambio, le preguntó directamente cómo se sentía tras la marcha de su amiguita y, para su sorpresa, su hija le contestó: “Sí, voy a echarla mucho de menos. Pero me ha dicho que se trasladan a una casa enorme con piscina, y que en verano podré ir con ella todo el tiempo que quiera, y nos lo pasaremos en grande, y...” Laura lanzó un suspiro de alivio. Su niña era un torrente de alegría y se centraba en todo lo bueno que podía ocurrir. “Ah, ¿y sabes qué?” –siguió su hija–. “María me ha invitado a su fiesta de cumpleaños ¡al zoo!” Su hija iba a ir al zoo con otras amigas y, sencillamente, era feliz. “Claro –pensó Laura–con todas las sorpresas agradables que puede darte la vida, por qué encerrarse a llorar pensando sólo en lo que hemos perdido en vez de ver todo lo que tenemos por delante. Mejor llamar a puertas entreabiertas que a otras que vemos claramente cerradas con candado y reja.”
Laura sintió que la respuesta de su hija era una lección de optimismo que debía aprender y aplicar a lo que estaba viviendo. La sonrisa de su hija era un refugio. Si su pequeña era capaz de asumir una separación de forma tan animosa, ella no iba a ser menos. Recordando las palabras de la niña, Laura cerró los ojos y se vio a sí misma con una hija a la que adoraba y toda una vida por delante. La rabia que había sentido contra su situación empezó a disiparse. La actitud de su hija le había recordado cómo en otros momentos de su vida había encontrado en su interior la fuerza que necesitaba para superar las dificultades. Ahora también podría hacerlo. La pequeña le había enseñado que el optimismo ayuda a superar los peores momentos del pasado. La tristeza y el miedo nos hacen ver las cosas mucho peor de como son en realidad. Esforzarnos en recuperar la alegría puede ser la mejor forma de seguir adelante. El optimismo es una actitud ante la vida que nos permite avanzar y afrontar la adversidad del presente sin quedarnos estancados en la idea de un pasado mejor. Ahora Laura sabía que superaría este bache. Contempló por primera vez en muchos días la posibilidad de sentirse mejor muy pronto, y pensó que, igual que su hija tenía nuevas amigas, quizás ella también encontraría un nuevo compañero con quien compartir su vida.
Laura emuló la actitud optimista de su hija cada día en cada cosa a la que se dedicaba, poco a poco, sin forzarse. Empezó por concentrarse en el trabajo, rompiendo el círculo vicioso de sus pensamientos negativos y, aunque los primeros intentos no lo consiguió del todo, progresivamente fue sintiéndose más ligera. Cuando sentía ganas de llorar, lo hacía como los niños, hasta que las lágrimas se agotaban y después se sentía aliviada. Además, se esforzó por dedicar a cada cosa un buen pensamiento: desde abrir la puerta del coche a vestir a su hija, se decía cosas como “es maravilloso bañar a mi hija” o “es genial tener un coche para ir a trabajar”. Hasta que, un día, Laura empezó a sentirse como lo que realmente era: una mujer afortunada, con una vida plena a pesar del dolor de la separación. Gracias al optimismo que había demostrado tener su hija, Laura pudo encontrar su propio optimismo. Se puede aprender a ser optimista, quizá todos nacemos siéndolo aunque las dificultades de la vida nos hacen olvidar esa indudable cualidad. Para recuperarla, sólo tenemos que tomar la decisión de descubrirla dentro de nosotros y no olvidar mantenernos optimistas incluso en los momentos difíciles en que sentimos que es difícil avanzar. Un simple cambio de actitud puede mejorar toda tu vida.
Mar Cantero Sánchez |
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Cuidar de uno mismo |
Revista Mente Sana número 14.
Isabel nos revela sus pensamientos más íntimos y nos cuenta cómo llegó a la comprensión, de que el amor a los demás sólo se sostiene, si es sobre las bases del amor a uno mismo.
¿Y quién cuida de ti, mamá? Me preguntó mi hijo pequeño cuando le acostaba. Hace tiempo que siento que vivo como por inercia. Trabajo en el bufete y a veces me quedo hasta tarde. En casa, siento que la relación con mi marido ha cambiado. Empiezo a ver en él mis propias carencias y echo de menos su atención del principio. Por otro lado, las responsabilidades me agobian. Estoy cansada y me gustaría pensar en mí, pero me siento culpable por este pensamiento. Me siento egoísta. Hoy he buscado entre mis recuerdos y me he comparado con mi madre. Me educaron como a ella, para cumplir con mis obligaciones y dedicarme a mi familia. ¿Cómo lo hacía ella?, pensé. Entonces, me asaltó la gran pregunta, ¿había sido feliz? Decidí llamarla para preguntárselo. _ Sí, he sido feliz _ me dijo con seguridad, aunque un poco sorprendida por mi pregunta. _ ¿Pero cómo? _ le pregunté _ Vivías por y para nosotros, dejaste atrás todo lo que te pertenecía sólo a ti, ¿cómo pudiste ser feliz? Mi madre guardó silencio, como si fuera a confesarme un secreto. Después, contestó dulcemente _ Porque siempre reservaba un poco de tiempo al día para mí misma. Ahora la sorprendida era yo. _ ¿Y qué hacías en ese tiempo, mamá? _ Cualquier cosa que deseaba. Iba a la peluquería, leía un libro, llamaba a una amiga por teléfono, salía a pasear con tu padre…Además pensaba en todo lo que había logrado con mi voluntad y con mi esfuerzo y me prodigaba en elogios hacia mí misma. No recordaba a mi madre haciendo ninguna de esas cosas. Se lo dije y exclamó _ Es posible que tú no te dieras cuenta. Tampoco la recordaba quejándose de ninguna de sus obligaciones. Al contrario, mi recuerdo era el de una mujer siempre con una sonrisa en los labios. Después, como si hubiera adivinado lo que me estaba ocurriendo, me dijo _ Mira hija, tener una familia no significa dejar de existir. Yo os quiero con todo mi corazón y mi mayor anhelo entonces era cuidaros, pero también necesitaba cuidar de mí _ Tras un breve silencio, continuó _ Si no me hubiera querido a mí misma, nunca habría podido quererte como lo hice. Tras hablar con ella, me sorprende que se trate de algo tan sencillo, pero cuando intento recordar algún momento que me haya dedicado a mí misma en los últimos meses, no encuentro ninguno. He dejado de cuidarme para cuidar de mi familia y de mi trabajo. Quizá, he equivocado las prioridades. Ellos son muy importantes en mi vida, pero ¿y yo?, ¿Cómo he podido olvidarme tan fácilmente de mí? Si como dice mi madre, tener una familia no significa que yo ya no exista, está claro que estoy equivocando mi actitud, porque desde hace mucho tiempo ya, no me paro ni un segundo a pensar en mí. Y si no soy capaz de cuidarme y de quererme, no puedo pretender saber querer y cuidar a los demás. No quiero volver a nombrar culpables como he hecho hasta ahora. Por una vez quiero pensar sólo desde mi interior, en hacer la parte que me corresponde, sin ocuparme si los demás hacen la suya o no. Sin juzgarles. Pienso en lo que me gustaría recuperar en mi vida y que creo, me ayudaría a sentirme mucho mejor. Son cosas sencillas que considero importantes. ¿Hace cuanto que no salgo con una amiga a tomar un café y charlar? Me gustaría pasear por las tardes ahora que empieza la primavera y aprovechar los fines de semana para jugar con mi hijo en el parque. Ahora puedo responder a su pregunta. Nadie cuida de mí, ni yo misma. Comprendo la importancia de dedicarme un tiempo cada día, para hacer todo lo que no he hecho por mí en estos años. Quiero colmarme de regalos, que no tienen por qué ser materiales. Pueden ser momentos para pasarlos realizando cosas que me llenen, que me satisfagan. Aún puedo disfrutar con una bella puesta de sol o con mi música favorita. Volver a hablar con mi marido. Y a partir de ahora, hacer cada cosa disfrutando, sin permitir que mis pensamientos vuelen hacia mis responsabilidades. Y cuando esté en el bufete, no ser nunca más la primera en proponerme voluntaria para trabajar más horas de las necesarias. Mis compañeros, también merecen tener esa oportunidad. Pero además, sé que necesito cuidar de mí emocionalmente. No quiero aguantarme más el llanto, quiero respirar profundo si me encuentro angustiada y sentarme a pensar en mis cosas, sin la necesidad de tener las manos siempre ocupadas. Relajarme. Necesito escucharme también. Mi corazón me grita fuerte, pero hasta ahora no he sido capaz de oír su voz. Quiere decirme algo muy importante, que he dejado de amarme. Pero si no mantengo una relación amorosa conmigo misma, no puedo pretender mantenerla con nadie. Escucho de nuevo las palabras de mi madre grabadas en mi memoria. Ella se amaba y se ocupaba de sí misma, de percibir sus pensamientos y emociones, de atender sus necesidades y las nuestras, y de relacionarse en armonía con los demás. Yo soy capaz de hacer lo mismo, de ayudar y comprender a los miembros de mi familia, de volver a disfrutar de mi trabajo y de mis amigos, pero sobre todo, de mí. Lo voy a hacer por mi bien y por el de mi entorno, porque si me quiero, si estoy feliz conmigo misma, me es fácil querer a los demás. Y es tan sencillo, como permitirme un breve tiempo al día, para vivirlo a solas conmigo.
Mar Cantero Sánchez
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El valor de los cuentos |
Revista Mente Sana número 15.
Todos recordamos con ternura los cuentos que poblaron nuestra infancia. Con ellos alimentamos nuestra imaginación y nos formamos como individuos. Al ser padres, podemos recuperar el placer de los cuentos para enseñar valores a nuestros hijos y acercarnos a ellos.
A los doce años estuve en cama casi dos meses debido a la varicela. A pesar de la enfermedad, guardo un buen recuerdo de aquellos días gracias a que siempre tenía un cuento entre mis manos para olvidarme de las molestias y del aburrimiento. Pero los cuentos no sirven sólo para entretener. En estos tiempos en los que los niños parecen haber perdido su inocencia y ocurren cosas tan dramáticas como el acoso escolar, los cuentos pueden devolverles la posibilidad de vivir una auténtica infancia, tan necesaria para su desarrollo como personas. Muchos padres se preocupan de si la crueldad de algunos cuentos puede influir de forma nociva en la mente de sus hijos. No conozco a nadie que haya resultado traumatizado en su infancia por leer a Caperucita Roja. Los niños no perciben esta crueldad igual que los adultos, porque no la racionalizan comparándola con la realidad. Para ellos es ficción y saben distinguirla muy bien. La realidad de los cuentos tiene un significado simbólico. Hablan de una experiencia interior y no de un mundo real.
LOS MIEDOS INFANTILES
Ocurre lo mismo con algunos de los personajes, como “el malo”, que suele ser astuto y cruel; por ejemplo, el lobo o el dragón. Más bien al contrario de lo que los padres temen, los cuentos ayudan a los niños a canalizar sentimientos y emociones, como los celos o la rabia, que en la infancia pueden estar desbordados. Estos personajes le son útiles al niño para asignar una imagen a lo que teme o le angustia. Las versiones dulcificadas de cuentos clásicos sólo consiguen que al niño le cueste más adelante enfrentarse a una realidad que nada tiene que ver con la de estos cuentos retocados.
UNA FUENTE DE RESPUESTAS
Construidos con personajes arquetípicos del inconsciente colectivo, los cuentos también dan respuestas, ofrecen caminos para superar los conflictos psicológicos y emocionales de la infancia. Para la mente del niño, son como espejos en los que reflejar sus dudas sobre la vida real. Temas que le preocupan de su mundo cotidiano, como el colegio, o cuestiones más profundas, como la muerte, encuentran sentido en estas narraciones infantiles. Hoy también se escriben cuentos para ayudar a la comprensión de realidades que se les presentan en cada etapa de su crecimiento, como la sexualidad o los cambios que se van produciendo en su cuerpo. Esto facilita la tarea a los padres, que pueden explicar estos temas conversando con sus hijos mientras leen juntos los cuentos. Además, la lectura de cuentos estimula ciertas habilidades, como el manejo del tiempo, la organización de unos hechos con un hilo argumental coherente, la capacidad de análisis, la causalidad…Todo esto ayuda al éxito escolar, gracias al aprendizaje de la comprensión y la deducción, e incluso el desarrollo de otras habilidades como las matemáticas, que parecen tan ajenas a las letras y que, sin embargo, se estimulan también gracias a la narrativa infantil.
LA MAGIA DE UN FINAL FELIZ
Un cuento seduce a un niño según sean sus experiencias y es importante que tenga un final feliz. El niño lo necesita para cerrar una puerta en su pensamiento, para corroborar que los “justos” y los “buenos” siempre ganan y aprender así lecciones de valores éticos, ya que su mente empieza a adaptarse a la incoherencia del mundo real, donde no siempre es así. Por otro lado, los personajes todopoderosos, como brujas, hadas y magos, juegan con el deseo del niño de realizar cosas increíbles y ayudan en su necesidad de comprender lo que a sus ojos es tan misterioso. Igualmente, puede identificarse con el personaje valiente, que también siente miedo, e incluso le acompaña en el placer de sentir algún escalofrío y la libertad de mostrar cierta agresividad innata, siempre bajo la protección de un mundo imaginario.
FORTALECER EL VÍNCULO AFECTIVO
Leer cuentos provoca anclajes positivos en la mente del niño. Las buenas sensaciones de los momentos de lectura junto a sus padres serán recuperadas más tarde como el recuerdo de un estímulo agradable. Esto es útil para solucionar conflictos o tomar decisiones en la adolescencia o en la vida adulta, ya que se ha fortalecido el vínculo afectivo. La autoestima del niño a quien sus padres leen cuentos siempre se ve fortalecida. Leer o contar cuentos es una forma de expresar el amor de los padres hacia sus hijos. Y no hay que molestarse si mientras leemos un cuento nuestros hijos nos dan la espalda o comienzan a jugar. A veces se sienten tan emocionados con la narración que necesitan ocupar su atención en otra cosa. Pero sus oídos permanecen atentos mientras les es permitida la libertad de pensamiento y de expresión. Necesitan fantasear mientras aún son niños. Los cuentos les ayudan a dejarse llevar por una imaginación sin límites, tan necesaria en la edad de crecimiento. Para acabar, quiero citar a un escritor irlandés, Fynn, autor de Señor Dios, soy Anna (Ed. Urano). En él, un adulto le dice a Anna: “No dejes nunca que nadie te despoje de tu derecho a completarte.” Los cuentos posibilitan que nuestros hijos completen una parte muy importante y necesaria para su desarrollo, como niños que un día serán adultos. Por eso, leerlos o contarlos es el mejor regalo que podemos hacerles como padres.
9 JUEGOS CON LOS CUENTOS
También para los bebésCon los más pequeños, se puede insistir en la repetición de palabras, rimas y canciones., con libros con dibujos llamativos, dejándoles que jueguen con el libro. Esto ayuda a que asocien una palabra a un sonido y a una imagen. Señálale detalles como “la mamá abraza al niño porque lo quiere” y después abrázale tú. Se identificará con el niño del cuento y entenderá que tú lo quieres.
COMPLETAR UNA HISTORIADivide un cuento ya leído en dos mitades. Juega con tu hijo a inventar la mitad que falta, dejando que sea él quien diga lo que ocurre. Con este ejercicio el niño siente que tiene el derecho de cambiar el final o el principio del cuento, que puede mostrar sus gustos y su opinión a los demás y que se le respeta por ello.
APRENDER A DIALOGARHazle preguntas sobre el argumento y los personajes del cuento después de haberlo leído sin intentar dar tú la respuesta correcta, ya que no la hay. Deja que se exprese. Con este ejercicio, el niño aprende a dialogar y a respetar los turnos para hablar. Además, se siente escuchado y esto fortalece su autoestima. Es importante que tú respondas también a sus preguntas o que le ayudes a contestarlas él mismo. Es normal que le surjan dudas sobre lo que ha leído.
REPRESENTAR LOS CUENTOSAnima a tu hijo a moverse imitando los movimientos y sonidos de los animales del cuento, las distintas voces y tonos de voz de los personajes. Incluso disfrazarse es una buena manera de lograr que el momento del cuento sea especial. Dile cosas como: “¡A volar como una abeja!” e invítale a expresarse corporalmente mientras tratáis de emitir el zumbido de una abeja al volar.
5. PERSONAJES SIMILARES Puedes jugar con tu hijo a encontrar en dos o tres cuentos distintos personajes similares, como animales, brujas, princesas, hadas, personajes “malos”, “buenos”…Con esto aprende a agrupar, a organizar y a diferenciar. También es consciente de la diferencia y la admite, aprendiendo el valor de la tolerancia.
CAMBIAR EL CUENTOPregúntale qué cambiaría o quitaría de algún cuento que conozca bien. Este ejercicio es muy útil para conocer en profundidad a tu hijo. Sus emociones y su sensibilidad, lo que le asusta o le angustia. ¿Qué personaje le gusta y cuál no? ¿Por qué? Te pedirá que des también tus opiniones. Este ejercicio le ayuda a descubrir y definir su individualidad.
AUTORES ESPONTÁNEOSJuega con tu hijo a crear un nuevo personaje y a darle un nombre. También podéis jugar a intentar un cuento o incluso a ilustrarlo con dibujos, o bien convertir al malo en el protagonista. Ahora será la bruja o el ogro el personaje principal, al que le pasan las cosas importantes. Permite que tu hijo se convierta en autor espontáneo durante el juego.
CONVERTIRSE EN NARRADORTras haber leído el cuento, e incluso días después, deja que te lo cuente él. Ayúdale con frases como: “Érase una vez…” o “Fueron felices y comieron perdices…”, pero sobre todo préstale toda tu atención. Tu compañía es la mejor manera de demostrarle que su participación es esencial en el juego.
CUANDO YA SABE LEERPuedes seguir leyendo tú aunque ya sepa leer, pero permite que sea él quien lo haga para poder corregirle si no pronuncia bien una palabra o explícale su significado si no la entiende. Disfruta mientras tu hijo te lee. Es un momento de entrega y de recibimiento por ambas partes.
Mar Cantero Sánchez |
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Deshacer el chantaje emocional |
Revista Mente Sana número 27.
La mayoría de nosotros hemos hecho un chantaje emocional alguna vez, o hemos sido sus víctimas. Suele hacerse de forma inconsciente y algunos son fácilmente reconocibles, pero otros son tan sutiles que es casi imposible darse cuenta.
Frases como…Tú verás lo que haces, luego no me digas nada, si me quieres…, o más claras como amenazas directas o gritos, se dicen con la intención de provocar miedo en el otro para que actúe como nos gustaría. El chantajista emocional se cree una víctima, es inseguro y está lleno de temor, pero en lugar de reconocer sus necesidades, pretende hacer creer que los necesitados son los demás, y lo consigue. Es difícil reconocerlo pues suele tratarse de personas muy queridas que actúan así con quienes las quieren. Se acepta por miedo a las consecuencias, a su enfado, pues si no logran lo que buscan, lo hacen pagar después haciendo sentir culpables, debido al rencor y a la frustración que sienten ante un “no”. Pero no podemos decir que sí, si no es lo que queremos. Para deshacerlo, lo mejor es no aceptarlo y dejar claros nuestros límites. Hemos de saber que no es el otro quien debe dirigir nuestras acciones, sino nosotros mismos. Creer que tenemos tanto derecho a decidir como a equivocarnos, es primordial. Sin nuestro consentimiento el chantajista percibe su impotencia y deja de intentarlo. Si después, tenemos que sufrir su enfado, sólo podemos esperar que nos entienda, mostrándole nuestra forma de verlo y nuestros motivos a través del diálogo, pero si no se presta a ello, es mejor darle tiempo para que piense y analice su comportamiento. Sólo así será consciente de su forma nociva de actuar. Algunas personas necesitan más tiempo que otras. El silencio en esta etapa, es la mejor opción.
Mar Cantero Sánchez |
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